* Aprendiendo sin coerción
APRENDIENDO SIN COERCIÓN
Por Daniel Greenberg
Distribuido por Sudbury Valley Press
La escuela Sudbury Valley es una escuela administrada democráticamente por una junta escolar. Estudiantes y profesores votan en cuestiones de importancia, incluyendo reglas escolares, contratación y despido de personal. La escuela no cuenta con exámenes, calificaciones o niveles. Existen más de 40 escuelas independientes que han aplicado el sistema de Sudbury Valley alrededor del mundo. Consulte la lista aquí.
PRESENTACIÓN
En más de dos décadas, ni un solo caso de dislexia ha sido visto en la Sudbury Valley School. Nadie sabe exactamente porque. Aunque la dislexia se considera una habilidad mermada para comprender lenguaje escrito, sus causas, su naturaleza e incluso su existencia como un verdadero desorden funcional son materias de gran discusión. Sin embargo, basados en los resultados de investigaciones – algunas muestran que hasta un 20% de la población esta afectada por dislexia – uno esperaría encontrar en alguna medida este supuesto desorden en una escuela cualquiera.
Pero nosotros nunca lo hemos visto en Sudbury Valley School. Quizás podría ser porque nunca hemos hecho que nadie aprenda a leer. De hecho, nunca hemos puesto a aprender a nadie ninguna cosa básica.
La Sudbury Valley School, en Framingham, Massachussets, es conocida por su ambiente no coercitivo. Es una escuela que se gobierna democráticamente, y cada uno de sus más de 200 estudiantes [N. del T.: En el año 2000], variando en edad de los 4 a los 19, elije sus propias actividades.
¿Como aprenden lo básico en semejantes circunstancias? ¿Qué pasa si deciden jugar todo el día? Padres y educadores han cuestionado este acercamiento no coercitivo, pero los hechos son que los niños aprenden no porque sean empujados a aprender, sino porque tienen un impulso interno a conquistar lo desconocido, a entender.
UN ACERCAMIENTO NO COERCITIVO A LEER
Leer nos ha puesto a prueba. Como todo lo demás, dejamos que la iniciativa a aprender a leer venga del niño, sin ninguna sugerencia de parte de los maestros. Nadie dice “¡Aprende a leer ahora!”, nadie pregunta “¿Te gustaría aprender a leer ahora?”, nadie sugiere “¿No crees que sería una buena idea si aprendieras a leer ahora? Y nadie ofrece, con un fingido entusiasmo un “¿No sería divertido aprender a leer? Nuestro credo es “Esperar a que el estudiante de el primer paso”.
Como padres y maestros, podemos fácilmente vivir a la altura de nuestra creencia en la no-coerción cuando el proceso de aprendizaje va de la manera en que a todos les gustaría que fuera. El reto es mayor cuando el aprendizaje toma su propio curso. En mi familia, por ejemplo, nuestro hijo varón más pequeño se mostró interesado en leer a la edad de 5 años. Por sus propios métodos – y no estamos seguros de cómo fue, porque no compartió sus métodos con nosotros – se convirtió en un lector a la edad de 6. Sin problemas. Todo funcionó bien.
Después vino nuestra hija, dos y medio años más joven. Mi esposa y yo esperamos a que expresara su interés en leer, es decir, a que pidiera que le enseñáramos a leer, o que le ayudáramos a enseñarse a leer. Esperamos. Y esperamos. Y esperamos…
Cuando no lo hizo a los seis, todo seguía bien en cuanto al mundo concernía. Que no leyera todavía a los 7 años no fue tan bueno a lo ojos de algunas personas. Abuelos, amigos y algunas amistades adultas comenzaron a sentirse inconfortables y a dejar caer sutiles comentarios al respecto.
Que todavía no leyera a los 8 años creo un total escándalo entre nuestra familia y amigos. Pronto fuimos vistos como padres delincuentes ¿La escuela? ¡Apenas podía llamarse escuela si permitía que una niña de 8 años continuara siendo analfabeta y ni siquiera tomara acciones remediales!
En la escuela, nadie parecía notarlo. La mayoría de los amigos de nuestra hija de 8 años podían leer. Algunos otros no. A ella, en lo personal, no le interesaba. Sus días de escuela eran ocupados y felices.
A los 9 años, decidió que quería leer. Nos pidió que le leyéramos por periodos largos de tiempo; y mientras uno de nosotros leía, ella miraba cuidadosamente, libro tras libro, hasta que memorizó las palabras y pudo reconocerlas. A los nueve y medio años, podía leer cualquier cosa.
Un aprendizaje rápido y directo es típico de niños que tienen la libertad de leer cuando estén listos para leer, y no un minuto antes. En Sudbury Valley School, algunos niños aprender a leer tempranamente, otros más tarde. Eventualmente todos aprender a leer. Algunos de los lectores tardíos se transforman en ratones de biblioteca. Algunos de los lectores tempranos dominan el don de leer y después raramente abren un libro.
No tenemos libros de texto para lectura en la escuela. No tenemos libros introductorios para primer, segundo o tercer grado. Hemos encontrado que tales cosas son – para un niño moderno que cuenta con la televisión y todo lo que ve en las calles – simplistas, aburridas e irrelevantes. Ciertamente, esos libros no son el tipo de cosas que los niños tomarían para leer por placer. De hecho, nadie en la escuela se molesta acerca de leer y pocos niños buscan ayuda cuando deciden aprender a leer.
Resulta ser que cada niño tiene un método preferido para aprender a leer. Algunos aprenden cuando se les lee – y memorizan – historias, y finalmente decidan leerlas ellos mismos. Otros aprenden a leer con las cajas de los cereales o por medio de las instrucciones de los juegos de mesa, otros más comienzan por las señales y letreros de las calles. Otros más se enseñan a si mismos los sonidos de las letras, las silabas o de palabras completas. Para ser honestos, no sabemos como es que ellos aprenden a leer y raramente pueden decirnos. Un día, le pregunte a un niño que se acababa de convertir en un lector “¿Cómo aprendiste a leer?” y su respuesta fue “¡Fue fácil! Aprendí allá y aprendí acá y después ya sabia como leer”.
Aprender a leer es parecido a aprender a hablar. Los infantes están rodeados por un mundo de habla, el mundo de la comunicación humana. En algún punto ellos quieren más que nada dominar su mundo ¡Trate de pararlos! La lucha de un niño por aprender a hablar es una épica llena de determinación y persistencia.
Afortunadamente la sociedad no insiste en que los niños vayan a clases de hablar. Claro, si los niños de 1 año fueran a la escuela probablemente habría clases de hablar, junto con una tonelada de nuevos “Desordenes del habla”. Como es ahora, aunque algunos niños tengan desordenes funcionales del habla que requieren tratamiento, la abrumadora mayoría, de alguna manera – y nadie sabe exactamente como – se enseñan a si mismos a hablar.
Así es también con leer. Si los dejamos a sus propios medios, lo niños ven por ellos mismos que la palabra escrita es una magnifica llave al conocimiento. Cuando la curiosidad los lleva a dicha llave, van detrás de ella con gran gusto. Y después, ellos hallan que, comparada con la terrible tarea de aprender a hablar, aprender a leer es muchísimo más fácil. Esto en parte, porque ahora son mayores y están más experimentados en aprender nuevas cosas. Saben que es el lenguaje, como funciona y que significan las palabras.
El niño que esta listo para leer apuntará hacía el mejor método y escogerá a las mejores personas que le ayuden. Enseñar a tal niño a leer toma muy poco tiempo y esfuerzo, ninguna experiencia y un ápice de paciencia. Padres y maestros solo necesitan recordar no rendirse a la ansiedad y no empujarlos.
ESCRIBIENDO
Muchos niños no se conforman con solo escribir, quieren “escribir bonito”. Para ellos, es una cuestión de estética. Así que van con alguien a que les enseñe el arte de escribir de manera bella de la misma manera que irían con alguien a que les enseñara el arte de pintar o de bordar.
La idea de escribir como una habilidad artística puede llevarnos a algunas percepciones extrañas. No es inusual ver a algún niño pequeño gastar horas y horas escribiendo, lo que es peculiar es que la mitad de estos “escritores” ¡no saben leer lo que están escribiendo!
¿Por qué estas aprendiendo caligrafía si todavía no puedes leer? He preguntado varias veces. “Porque es bonito” ha sido la inevitable respuesta.
Algunos niños emprenden la aventura de la escritura y eventualmente aprender a leer decodificando sus propios mensajes. En semejantes circunstancias, el arte de “escribir bonito” se transforma fácilmente en la habilidad de escribir. Otros niños abandonan la escritura como actividad artística y se enfocan en otras actividades. Algunos años después, cuando aprenden a leer, vuelven a aprender a escribir de nuevo.
Cuando un niño expresa su interés en escribir, el rol primario del adulto es responder con precisión al nivel de curiosidad expresada y ayudar hasta que el niño este listo para hacer otra cosa. Escribir es un área en la que podemos dejar que el niño nos guíe sin temor a que le enseñemos de manera equivocada.
EL CASO DE LA ARITMÉTICA
Estábamos a la mitad del año escolar. Sentados delante de mí estaban una docena de niños y niñas de edades entre 9 y 12 años. Una semana antes me habían pedido que les enseñara Aritmética. Querían aprender a sumar, restar, multiplicar, dividir y “todo ese tipo de cosas”.
“Ustedes realmente no quieren hacer esto” Sugerí, cuando se me acercaron por primera vez. “Sí, sí queremos” fue su respuesta. “No, no quieren realmente” persistí “Quizás los amigos de su vecindario, sus padres o sus parientes sean los que quieran que ustedes aprendan, pero ustedes preferirían jugar o estar haciendo alguna otra cosa”. La respuesta fue “Sabemos lo que queremos y queremos aprender Aritmética, enséñenos y lo probaremos, trabajaremos tanto como sea necesario”.
Yo sabía lo que tomaba, en tiempo, enseñar Aritmética a un niño de 6 años en una escuela tradicional, y estaba seguro de que el interés de mis estudiantes podía flaquear en algunos meses. Pero tenía que ceder a su propuesta. Ellos habían lo habían pedido, y estaba acorralado.
Mi más grande problema fue hallar un libro de texto que pudiéramos usar como guía. He estado envuelto en el desarrollo de las “nuevas matemáticas” y he terminado por odiar sus pretensiones y abstracciones. Los académicos de la era Post-Putnik hemos sido llenados con la belleza de la lógica abstracta, teoría de grupos, teoría de números y otras exóticos juegos matemáticos (Si hubiera emprendido el diseño de un curso de agricultura para granjeros, hubiera tenido que comenzar con Química Orgánica, Genética y Microbiología. Afortunadamente para las personas hambrientas en el mundo no me lo han pedido). Lo que mis estudiantes querían, sin embargo, era aprender Aritmética para hacer cálculos. Querían aprender como usar las herramientas.
Finalmente hallé un libro que era perfecto para el trabajo, un libro de matemáticas escrito en 1898. Pequeño y ancho, contenía miles de ejercicios diseñados para entrenar mentes jóvenes a realizar las operaciones básicas de forma rápida y confiable.
La clase comenzó… a tiempo. Eso era parte del “trato”. “¿Dicen que esto es serio?” había preguntado, retándolos, “Entonces espero verlos en este salón a tiempo, a los 11:00AM cada martes y jueves. Si están cinco minutos tarde, no habrá clase, si se pierden dos clases, no habrá más”. “Es un trato” dijeron con gestos de placer en sus rostros.
La adición básica tomo dos clases. Aprendieron a sumar de todo, columnas delgadas y anchas columnas de números. Hicieron docenas de ejercicios. La sustracción tomo otras dos clases. Quizás se hubiera podido hacer en una sola clase, pero el concepto de “prestar” requirió algo de explicación adicional.
Después nos movimos a la multiplicación, y a las tablas. Se espero que todos memorizaran las tablas, y a cada persona se le preguntaban en cada clase. Después las reglas. Después la práctica. Navegamos juntos, aprendiendo los algoritmos, los niños podían sentir el material entrando a sus huesos. Cientos y cientos de ejercicios, cuestionarios de clase y exámenes orales empujaron el material a sus cabezas.
Y aún así, continuaban viniendo cada clase – todos y cada uno de ellos – a las 11:00AM en punto, permanecían una hora y media y dejaban la clase con tarea. Regresaban con la tarea hecha, todos y cada uno de los estudiantes. Los de 12 y los de 9 años, los leones y las ovejas, sentados juntos pacíficamente en armoniosa cooperación, sin burlas y sin vergüenzas. Se ayudaban unos a los otros cuando era necesario y mantenían la clase en movimiento.
Divisiones cortas, divisiones largas, fracciones, decimales, porcentajes, raíces cuadradas. Todo en un total de 20 semanas con un total de 20 horas de contacto con el profesor. Cubrieron todo lo que usualmente se estudia en 6 años. Cada estudiante sabía el material completamente y finalmente celebramos el fin de la clase con una animada fiesta.
Debería haber estado preparado para este milagro, pero no lo estaba. La siguiente semana hable con Alan White, un especialista en matemáticas elementales en escuelas públicas que sabia todos los últimos y mejores métodos pedagógicos. Cuando le conté la historia de mi clase, no se mostró sorprendido. ¿Por qué no es sorprendente? pregunte alarmado con su respuesta y todavía emocionado con el ritmo y rapidez del proceso. “Porque todo mundo sabe que la materia no es en si tan difícil” me respondió. “Lo que es difícil – virtualmente imposible – es machacarla en las cabezas de jóvenes que odian cada uno de los pasos del proceso. La única forma en la que tenemos una partícula de posibilidad es martillando el conocimiento una y otra vez, pedazo a pedazo, día a día a lo largo de años. E incluso así, a veces no funciona. La mayoría de los estudiantes de sexto año son analfabetas matemáticos funcionales. Dame un niño que realmente quiera aprender y bueno… 20 horas no se ve tan irreal.”
Supongo que no es tan irreal. La Aritmética nunca ha tomado tanto tiempo como lo ha hecho en estos años.
Cuando los niños no son forzados, empujados, urgidos, jalados o engañados para aprender los básicos, traen consigo al proceso un deseo de aprender. Junto con las ganas y el deseo, traen una cierta actitud, una apreciación de todo lo que tiene que ver con el proceso, ideas personales y observaciones significativas.
En Sudbury Valley School, no tenemos dislexia y ninguno de nuestros graduados son analfabetas reales o funcionales. Algunos de nuestros alumnos de 8 años lo son, algunos de los de 10 años lo son y ocasionalmente uno de los de 12 años lo es; pero en el momento en que se gradúan, ninguno de ellos es iliterato. Nadie que conozca a nuestros más antiguos estudiantes puede adivinar a que edad aprendieron a leer, escribir o calcular. E incluso si pudieran, ¿por qué habría de importar?
[N. del E.: Puede continuar leyendo el segundo artículo "Verdaderas Discapacidades del Aprendizaje", de ésta serie de tres artículos acerca de la Sudbury Valley School y las escuelas que alrededor del mundo que siguen el modelo educativo de ésta]
Copyright Sudbury Valley School, 2006
• Este y más artículos están disponibles gracias a Sudbury Valley Press y están disponibles a través de www.sudval.org o llamando al 001-508-8773030 o enviando un fax al 001-508-788-0674. Puede escribir a: Sudbury Valley School Press, 2 Wich Street, Framingham, MA 01701. Estados Unidos de América.
• Se permite la distribución gratuita de este documento, siempre y cuando no se modifique y esta nota sea incluida.
Referencia:
Artículo publicado en UPN En Línea Revista Electrónica de la Universidad Pedagógica Nacional, México
http://www.upn011.edu.mx/publicaciones/revistas/UPNenlinea/0004.html
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